“En Argentina está avanzando un populismo de derechas”

Juan Grabois (Buenos Aires, 1983) es uno de los dirigentes sociales argentinos más cercanos al Papa Francisco. En su destartalada sala de reuniones en una zona empobrecida del sur de Buenos Aires hay un retrato del Che Guevara, un argentino de clase alta, como él, que renunció a una vida de lujo para estar con los pobres. También del Papa y Evita Perón. Abogado y referente del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), Grabois, que viste con una túnica corta que asemeja su imagen a la de Jesucristo, es un interlocutor clave en un país con un 30% de pobreza.

Pregunta. ¿Cómo ve el Papa la Argentina de hoy?

Respuesta. Los argentinos, con ese narcisismo vanidoso que nos caracteriza, creemos que el pobre Francisco está obsesionado cada día mirando cada detalle de lo que pasa en la política, el deporte, el arte y las peleas entre comediantes y periodistas. Creo que traza un diagnóstico general de la situación, no creo que tenga una caracterización que vaya mucho más allá de tener una preocupación natural por el aumento de la pobreza.

P. ¿Por qué va a Colombia y a casi toda Latinoamérica y no a Argentina?

R. A mí me parece que hace muy bien en no venir porque los argentinos necesitamos un baño de humildad. No somos el ombligo del mundo y no somos el ombligo del Papa. Hay pueblos que la están pasando muchísimo peor que nosotros.

P. ¿Cómo está Argentina dos años después del cambio de Macri?

R. Yo creo que está peor en muchos aspectos. Estaba mal en 2015 y está peor ahora, en especial en la situación económica de los sectores más pobres. Pero eso se puede llegar a revertir. Lo que sí está mucho peor es en cómo va avanzando un discurso intolerante, una suerte de populismo de derechas donde se apela a los instintos más bajos de la clase media. Ese 70% que está dentro del sistema y ve sus condiciones laborales deteriorarse, problemas de inseguridad, y frente a eso hay dos maneras de verlo. Una es buscar las soluciones reales a los problemas, y poner la presión sobre los que están más arriba. Y otra es descargar la frustración con los que están más abajo. Esa es la estrategia del populismo de derechas: utilizar como chivo expiatorio de los problemas sociales a los que están más abajo. Y eso es muy dañino. Que el discurso diga que los malos de la película son los pueblos originarios, los niños, los migrantes, los trabajadores de las cooperativas, los vendedores ambulantes, los cartoneros… crea un clima general de intolerancia.

P. Pero usted tiene buena relación con algunos miembros del Gobierno. ¿Hay dos mundos dentro del macrismo?

R. En algunas cosas ha habido avances. Puedo rescatar iniciativas buenas y personas positivas en el Gobierno, como la ministra de desarrollo social [Carolina Stanley] y Mario Quintana [coordinador del Gabinete económico].

P. Ellos decidieron destinar 30.000 millones de pesos [1.700 millones de dólares] a la ley de Emergencia social.

R. Son 30.000 millones en 3 años. Es muy poco. Con eso no se puede ni siquiera compensar el deterioro económico que hubo en el primer año con la devaluación. Este es un gobierno que oscila entre dos tendencias: Un neoliberalismo dialoguista y el populismo de derechas. Existen tensiones internas ahí.

P. ¿Hay dos argentinas, la que se está recuperando y la que se está quedando atrás?

R. Hay dos fracturas. Una de carácter político e ideológico, que es ficcional, casi teatral, una sobreactuación de parte de ambos bandos porque les conviene polarizar la situación en términos electorales. Pero hay una grieta que es real, la grieta socioeconómica. Son los muros invisibles y a veces visibles que separan a los vecinos de las 4.100 villas que hay de los de un barrio de clase media. Hay un sector que se va hundiendo cada vez más en la periferia, en la miseria, en la desesperanza, que va siendo carcomido cada vez más por el narcotráfico y donde la única barrera de contención somos los movimientos populares. No se lo pone la policía, que es cómplice del narcotráfico, ni el Estado, que llega a la puerta de la villa, negocia con el puntero político y se va cuando terminan las elecciones. En algunos lugares lo pone la Iglesia, donde tiene presencia, y en la gran mayoría de estos barrios los que estamos todos los días somos los militantes populares.

P. El Papa llegó a hablar del riesgo de mexicanización de Argentina

R. Siempre estuvo muy preocupado por la penetración del narcotráfico. Él inventó la vicaría de sacerdotes para la villa de emergencia. Muchos se han tenido que ir por el hostigamiento de los narcotraficantes. A nosotros nos han matado a unos cuantos militantes en los últimos años.

P. ¿Cuándo empezó el narcotráfico en las villas?

R. En los 90. Se profundizó mucho en la crisis de 2001. Y luego se fue naturalizando. Solo se usaba el tema como propaganda política para ganar votos con la mano dura. La experiencia demuestra que eso no soluciona nada. Nosotros decimos que acá no está el cartel de Cali ni el de Medellín. Está el de la policía federal. Porque el narcotráfico lo maneja la policía.

P. ¿Hay riesgo de estallido social?

R. En la medida en que los que gobiernan caigan en actitudes de soberbia con políticas represivas habrá un altísimo nivel de conflictividad. Argentina tiene importantes reservas de organización popular que vamos a enfrentar cualquier ofensiva sobre los derechos de los más humildes.

P. ¿Puede haber muertos?

R. Los muertos siempre están del lado del pueblo. La cantidad de violencia va a depender de cómo sea el uso de la fuerza. Nosotros tenemos un compromiso muy fuerte con trabajar para que eso no pase. Es imposible que haya paz sin niveles aceptables de justicia social.

 

Com El País

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